Garantizar el acceso a una alimentación digna continúa siendo uno de los grandes desafíos a nivel mundial. Aunque América Latina cuenta con una gran riqueza agrícola y de recursos naturales, millones de personas todavía enfrentan inseguridad alimentaria, mientras una gran cantidad de alimentos se desperdicia diariamente. Frente a este escenario, la tecnología, la innovación y la educación cumplen un rol clave para construir sistemas alimentarios más sostenibles y eficientes.

Cada 28 de mayo, en el marco del Día Mundial del Hambre, esta fecha nos invita a reflexionar sobre la importancia de impulsar soluciones que no solo permitan producir más alimentos, sino también aprovechar mejor los recursos disponibles, reducir el desperdicio y valorar el trabajo de quienes hacen posible que los alimentos lleguen a nuestras mesas.

Según el informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo publicado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en 2024 el hambre afectó a 33,6 millones de personas en América Latina y el Caribe, lo que representa el 5,1% de la población regional. Además, el documento señala que 167,2 millones de personas experimentaron inseguridad alimentaria moderada o grave, evidenciando que, a pesar de las recientes mejoras y la tendencia a la baja en la región, aún persisten desafíos estructurales para garantizar el acceso a una alimentación adecuada. Esta problemática no siempre está relacionada con la falta de producción, sino también con factores como la desigualdad económica, las deficiencias y pérdidas en la distribución, y el desperdicio de alimentos.

En este contexto, el trabajo de agricultores y productores rurales resulta fundamental. Detrás de cada alimento existen familias y comunidades que sostienen gran parte de la alimentación de nuestros países. Sin embargo, muchos pequeños productores todavía enfrentan bajos ingresos y acceso limitado a herramientas tecnológicas, por lo que promover un pago justo y modelos de consumo más responsables también es parte de la construcción de un sistema alimentario más sostenible.

La innovación tecnológica puede convertirse en una gran aliada frente a estos desafíos. Herramientas como la inteligencia artificial, los sensores para monitoreo de cultivos y la agricultura de precisión permiten optimizar recursos como el agua, mejorar la productividad y reducir pérdidas durante la producción y distribución de alimentos. Asimismo, diversas iniciativas tecnológicas ayudan a disminuir el desperdicio y generar nuevas oportunidades para pequeños productores.

El Objetivo de Desarrollo Sostenible 2 de la Organización de las Naciones Unidas busca poner fin al hambre y promover una agricultura sostenible. Alcanzar esta meta requiere innovación, educación y un trabajo conjunto para construir un futuro más sostenible y equitativo.

Frente a estos retos, la educación también tiene un rol clave. Las instituciones educativas pueden fomentar una mayor conciencia sobre sostenibilidad, consumo responsable e innovación aplicada a problemáticas sociales y ambientales, formando ciudadanos capaces de impulsar soluciones para un futuro más sostenible y justo.

El 28 de mayo conmemoramos el Día Mundial del Hambre, una fecha que nos invita a reflexionar sobre una de las crisis más urgentes de nuestro tiempo. Este año, el lema “Sembrando resiliencia” destaca la necesidad de fortalecer nuestras comunidades frente a los desafíos del cambio climático, los conflictos armados y las crisis económicas, factores que han incrementado la inseguridad alimentaria a nivel global. Según el informe de la Red Global contra las Crisis Alimentarias, en 2024, 295,3 millones de personas sufrieron inseguridad alimentaria aguda, y dos millones enfrentaron una situación “catastrófica”, especialmente en Gaza y Sudán.

En este contexto, el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) 2: Hambre Cero, cobra una relevancia aún mayor. Este objetivo busca poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria, mejorar la nutrición y promover la agricultura sostenible. Para alcanzar estas metas, es esencial adoptar prácticas agrícolas resilientes al clima, como el uso de cultivos resistentes a la sequía y la mejora de la gestión del suelo, que pueden aumentar los rendimientos hasta en un 30% incluso en las regiones más vulnerables.

Como docentes e innovadores en educación, tenemos la responsabilidad de integrar estos desafíos en nuestras aulas. Podemos fomentar proyectos que promuevan la conciencia sobre la seguridad alimentaria, como huertos escolares, campañas de reducción del desperdicio de alimentos y estudios de casos sobre sistemas alimentarios sostenibles. Además, es crucial empoderar a las mujeres en el ámbito agrícola, ya que producen hasta el 80% de los alimentos en muchos países en desarrollo, pero enfrentan desigualdades significativas en el acceso a recursos y formación.

Cada ciudadano puede contribuir a la erradicación del hambre mediante acciones cotidianas: apoyar la agricultura local, reducir el desperdicio de alimentos, adoptar dietas sostenibles y participar en campañas de concienciación. Al educar y actuar, sembramos resiliencia en nuestras comunidades, avanzando hacia un futuro donde el hambre sea una realidad del pasado.

Asegurar un sistema alimentario sostenible es una tarea que nos involucra a todos. Desde la universidad, asumimos el compromiso de formar profesionales capaces de entender los desafíos sociales y ambientales vinculados al hambre y la alimentación. No se trata solo de generar conocimiento, sino de aplicarlo con responsabilidad, con soluciones concretas que respondan a las necesidades reales de las personas y las comunidades
Marizoila Fontana, Directora de Sostenibilidad y Responsabilidad Social de la UPC

En el Perú, diversas iniciativas buscan combatir el hambre y reducir el desperdicio de alimentos. El Banco de Alimentos Perú (BAP), fundado en 2014, ha rescatado más de 60 millones de kilos de alimentos aptos para el consumo, beneficiando a más de un millón de personas a través de comedores populares, ollas comunes, albergues y otras comunidades vulnerables. Además, aplicaciones como Cirkula permiten a los usuarios adquirir alimentos de restaurantes y tiendas con descuentos superiores al 40%, ayudando a reducir el desperdicio alimentario. Asimismo, supermercados como Wong y Metro ofrecen productos a precios reducidos al final del día para evitar su desperdicio. Estas acciones, alineadas con los ODS, especialmente el número 2: Hambre Cero, demuestran cómo la colaboración entre organizaciones, empresas y ciudadanos puede construir un sistema alimentario más justo y sostenible.

Texto trabajado con el apoyo de ChatGPT y Marizoila Fontana.