Cada 10 de noviembre, el mundo conmemora el Día Mundial de la Ciencia para la Paz y el Desarrollo, proclamado por la UNESCO para resaltar el papel esencial de la ciencia en la promoción del bienestar social, el respeto por los derechos humanos y el desarrollo sostenible. Este día nos recuerda que la ciencia no es solo un conjunto de conocimientos, sino una fuerza colectiva para fomentar la cooperación internacional y promover la paz, tal como subraya la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en su Agenda 2030. Su impacto se vincula directamente con el ODS 16, que busca construir sociedades pacíficas, inclusivas y con instituciones sólidas basadas en el conocimiento y la equidad.

En el ámbito educativo, la celebración invita a repensar la enseñanza de la ciencia como una herramienta para formar ciudadanos críticos, éticos y comprometidos con el bien común. Organismos como la OCDE destacan que fortalecer la alfabetización científica desde edades tempranas es clave para que los estudiantes comprendan fenómenos complejos —desde la inteligencia artificial hasta el cambio climático— y participen activamente en la construcción de soluciones sostenibles. Este enfoque se alinea con el ODS 4, que promueve una educación de calidad, inclusiva y equitativa para todas las personas, preparando a las nuevas generaciones para afrontar los desafíos globales.

Las universidades del mundo, desde el MIT hasta la Universidad de Cambridge, impulsan proyectos de investigación y programas interdisciplinarios que vinculan la ciencia con la innovación social. En América Latina, instituciones como la Universidad de São Paulo o la UPC también promueven el aprendizaje basado en retos, el pensamiento científico y la aplicación del conocimiento en beneficio de la comunidad. Estas acciones contribuyen al ODS 9, orientado a fortalecer la investigación, la infraestructura sostenible y la innovación como pilares del desarrollo.

En este día, recordemos que la ciencia no solo habita en los laboratorios, sino en cada aula, en cada mente inquieta y en cada esfuerzo por entender y transformar nuestro entorno. Como comunidad educativa, asumamos el compromiso de seguir aprendiendo, investigando y compartiendo el conocimiento con propósito.

La ciencia cobra sentido cuando sus descubrimientos se traducen en soluciones que mejoran vidas. Promover iniciativas de innovación, investigación y sostenibilidad nos permite formar profesionales comprometidos con el bien común y con un futuro más saludable y equitativo.
Desde la Facultad de Ciencias de la Salud, creemos que educar con propósito es también promover el ODS 4: Educación de Calidad. Cada vez que formamos a un estudiante capaz de cuidar con empatía, pensamiento crítico y responsabilidad, contribuimos al bienestar y la paz de nuestras comunidades.

Dra. Angela Requena, Coordinadora de Relaciones Internacionales, Facultad de Ciencias de la Salud, UPC

Invitamos a docentes y estudiantes a participar activamente en iniciativas de innovación, investigación y sostenibilidad que promuevan la ciencia al servicio de la sociedad. Cada idea, cada proyecto y cada descubrimiento pueden ser una oportunidad para construir un futuro más justo, pacífico y sostenible.

Texto trabajado con el apoyo de Chat GPT.

En la sesión del viernes 19 de septiembre, la Comunidad IA en la educación recibió a Manuel Sotomayor, psicólogo educativo y responsable de estrategia de IA educativa en Centrum PUCP. Su ponencia abordó la “paradoja cognitiva de la IA”: una tecnología capaz de amplificar las capacidades intelectuales, pero que, al mismo tiempo, puede erosionar habilidades cruciales para el aprendizaje, como el pensamiento crítico y la autorregulación. 

Sotomayor ilustró el dilema con un caso típico: dos estudiantes resuelven un estudio de negocios; quien usa IA produce más rápido análisis sólidos, pero puede no haber internalizado el razonamiento que sustenta sus respuestas. El foco en “productos” por encima de procesos cognitivos y afectivos —advirtió— pone en riesgo el desarrollo de competencias analíticas. De ahí su llamado a replantear el diseño pedagógico y las evidencias de aprendizaje en entornos con IA. 

Desde la teoría, articuló tres marcos. Primero, la teoría de la carga cognitiva: reducir carga extrínseca (presentaciones y materiales mal diseñados) para favorecer la carga germinal, donde ocurre la construcción de esquemas y el aprendizaje profundo. La “trampa” aparece cuando la IA no solo quita lo extrínseco sino también sustituye esfuerzo germinal, desplazando el “sweet spot” de dificultad deseable. El segundo y tercer marco vinculan taxonomías de Bloom con los sistemas 1 y 2 de Kahneman: si la IA se apropia tanto de las habilidades de orden inferior como de las superiores, el andamiaje evolutivo del aprendizaje se resiente. 

A nivel empírico, el expositor reseñó hallazgos recientes. En tareas aplicadas, estudiantes con IA y orientación docente mejoran su desempeño; sin orientación, la variabilidad aumenta y el promedio cae frente a quienes trabajan sin IA. No obstante, emerge un dato incómodo: 50% declara fuerte dependencia de la IA y 16,7% teme perder capacidad de resolución autónoma. Este debate se enlaza con el modelo FACT (Fundamento–Aplicación–Crítica–Transferencia), propuesto como guía para decidir en qué tipos de habilidades conviene o no integrar IA, siempre con cautela contextual. 

El ángulo neurocognitivo refuerza la paradoja: estudios comparando “cerebro solo”, búsqueda en Google y uso de modelos generativos reportan menor conectividad y patrones menos complejos con IA, con efectos que persistirían aun después de dejar de usarla (“deuda cognitiva”). La implicación didáctica es concreta: sostener prácticas espaciadas, generación activa de respuestas y exposición a dificultades deseables para asegurar aprendizaje significativo en tiempos de IA. 

El diálogo posterior conectó estas ideas con experiencias de aula y gestión del curso: se subrayó que rediseñar flujos de trabajo y secuencias de actividades puede ayudar a “surfear” la tensión entre apoyo y atrofia, evitando la “ficción” de enseñar, producir y evaluar todo con IA. La invitación final fue explícita: educar para navegar esa tensión de forma productiva, con criterios éticos y de evaluación auténtica. 

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Mira el video completo de la sesión: 

La sesión del 25 de julio abordó el impacto de la inteligencia artificial en la integridad académica, a partir de la exposición de Jorge Bossio. Se analizaron los factores que explican por qué los estudiantes recurren a trampas y plagio: presión por notas y becas, sobrecarga académica, falta de claridad en normas y tareas percibidas como poco relevantes. A ello se suman la presión social y la distancia entre docentes y alumnos. 

Un punto central fue la revisión de los límites de los detectores automáticos de IA. Estos sistemas generan falsos positivos y negativos, deterioran la confianza y no garantizan justicia en la evaluación. Bossio insistió en que basar las decisiones académicas únicamente en estas herramientas es riesgoso tanto en el plano pedagógico como ético. 

El encuentro también revisó las conclusiones del libro The Opposite of Cheating de Bertrand y Retinger, que expone cómo la presión académica, el entorno competitivo y la percepción de que “todos lo hacen” terminan justificando estas conductas. Asimismo, se introdujo la idea de la “redacción híbrida”, planteada por Sarah Eaton, donde la producción académica combina aportes humanos y tecnológicos, lo que obliga a las universidades a replantear sus políticas de probidad académica. 

Se comentaron políticas recientes adoptadas en universidades norteamericanas y peruanas. En general, las instituciones están optando por un enfoque abierto y prudente: permiten el uso de IA bajo condiciones de transparencia, exigen la declaración explícita de las herramientas utilizadas y promueven talleres y guías para docentes y estudiantes. No existe una prohibición absoluta, pero sí restricciones claras frente a presentar contenido generado por IA como propio o introducir datos personales en plataformas públicas. 

La sesión concluyó con la idea de que la respuesta no puede ser una “guerra” tecnológica entre docentes y estudiantes. En lugar de perseguir trampas, las universidades están llamadas a construir confianza, acompañar el proceso de aprendizaje y fomentar un uso consciente y formativo de la inteligencia artificial. 

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